KOSTAS E. FRANTZIKINAKIS
“Un día que había comenzado a meditar sobre los seres, y que mi pensamiento volaba en las alturas mientras mis sentidos corporales estaban atados como les ocurre a aquellos a los que vence un pesado sueño traído por exceso de alimento o por una gran fatiga del cuerpo, me pareció que ante mí se aparecía un ser inmenso, más allá de cualquier medida definible que, llamándome por mi nombre, me dijo: – ¿Qué es lo que quieres oír y ver, y aprender y conocer por el entendimiento?
– ¿Quién eres?, le pregunté. – Yo soy Poimandrés, respondió, el Noûs de la Soberaneidad Absoluta. Sé lo que quieres y estoy contigo dondequiera. Y yo dije: – Quiero ser instruido sobre los seres, comprender su naturaleza, conocer a Dios. ¡Cómo deseo saber!, dije. A su vez, me respondió: – Guarda bien en tu mente todo lo que quieres aprender y yo te enseñaré.
Hermes Trimegisto, Poimandrés – Tratado I, 1-3.
Los Textos Herméticos
Introducción
Existe mucho debate entre los académicos sobre los verdaderos orígenes y antigüedad de los escritos Herméticos. La mayoría de los académicos concuerdan que los textos Herméticos (conocidos también como Corpus Hermeticum, de Hermética), finalmente fueron escritos en su forma actual por desconocidos “egipcios helenizados” o por “helenos egipcianizados”, en la antigua ciudad de Alejandría, en algún momento entre el último siglo a.C. y el siglo II d.C.
Hay dos grupos de textos, uno de ellos es conocido como “textos filosóficos” y el otro como “textos técnicos o alquímicos”. Son los textos “filosóficos” los que más nos interesan en nuestra investigación. La mayoría de ellos fueron escritos en griego, pero algunos, probablemente los más antiguos, se encuentran escritos en el antiguo lenguaje copto egipcio. Fueron encontrados en 1945 en Nag Hammadi, en el Alto Egipto.
La mayoría de los expertos en Hermética modernos distinguen los escritos ocultistas “populares” atribuidos a Hermes de los tratados “doctos” o “filosóficos”. Garth Fowden, en su libro The Egyptian Hermes (El Hermes Egipcio), argumenta con mucha convicción que toda la Hermética, ya sea práctica o teórica, mágica o filosófica, puede entenderse como respuesta al mismo “milieu”, la muy compleja cultura greco-egipcia de Ptolomeo, romana y de los primeros cristianos.1
La Hermética contiene unos veintiún libros, hay dieciocho llamados Libelli que forman parte del corpus principal, así como también tres llamados Asclepios Latino. También existe una colección de “extractos” y “fragmentos” cortos, los cuales generalmente son considerados como parte de la Hermética. No está claro cuántos autores contribuyeron a la Hermética, ya que todos los libros fueron atribuidos a Hermes Trismegistus (Hermes, el Tres Veces Grande).
Hermes fue comparado por los griegos con Thot, el dios egipcio de la Sabiduría. Sin embargo, es importante entender que en el mundo helenístico (y más tarde en la Europa Renacentista), Hermes Trismegistus no era precisamente la misma figura que su prototipo egipcio. En efecto, Hermes Trismegistus es un Hermes egipcio, un sincretismo o coalición tal como lo fue entre Thot y el griego Hermes, pero también con un descendiente no tan distinto del Enoc bíblico, una figura legendaria que registra la sabiduría y el conocimiento de la era antidiluviana, y que los preserva para el beneficio y futuro de la Humanidad. En cuanto a su epíteto “El Tres Veces Grande”, probablemente viene de los antiguos egipcios que, a partir del siglo III a.C., se referían con frecuencia a Thot como “Grande-Grande”, “Muy Grande” o “Tres Veces Grande”.
De acuerdo a la antigua tradición egipcia había unos cuarenta y dos libros que pertenecían a Thot. Es claro que al atribuir los escritos Herméticos a Hermes, el Tres Veces Grande, i.e. Thot, los antiguos escritores de estos textos – o más bien sus compiladores –les atribuyeron la más alta antigüedad posible: aquella de que haber sido directamente ligados a la Divina Suprema Sabiduría y “Logos” de Dios.
Luego por largo tiempo los escritos Herméticos se perdieron en la historia. Cerca del siglo IV d.C. hasta finales del siglo XV, se escuchó muy poco sobre ellos en Europa Occidental, y se asumía que se habían perdido para siempre. Sin embargo, en el 1460, por una de esas extrañas sincronizaciones de la Historia, se encontró una copia casi intacta de la Hermética completa y fue enviada a Cosimo di Medici, el Doge de Florencia y “Padre del Renacimiento Italiano”. El primero de los Libelli, conocido bajo el título de Poimandrés, fue de inmediato traducido por el protegido de Cosimo, el erudito y lingüista Marsilio Ficino. Tan poderoso fue el efecto de la Hermética en los doctos de esa época que muchos estudiantes modernos del Renacimiento, en especial el último Dame Francis Yates del Instituto Warburg, se convencieron que estos textos, con la filosofía y la “magia” que ellos ensalzanban, dieron un nuevo espíritu al Renacimiento, cuyas reverberaciones fueron sentidas todavía con fuerza en la Ilustración del siglo XVII.
Los tratados se dividen en varios grupos. El primero (I), el «Poimandrés» (El Pastor), es el recuento de una revelación dada a Hermes Trismegisto por el ser Poimandrés, una expresión de la Mente Universal. Los siguiente ocho (II-IX), los “Grandes Discursos”, son diálogos cortos o clases que discuten varios puntos básicos de la Filosofía Hermética. Luego sigue “La Llave o Clave” (X), un resumen de los Discursos Generales, y después de este hay un grupo de cuatro tratados – “La Inteligencia a Hermes”, “Sobre la Inteligencia Común”, “Discurso Secreto en la Montaña” y “Carta de Hermes a Asclepios” (XI-XIV) – que tocan los aspectos más místicos del Hermetismo. La colección finaliza con las “Definiciones de Asclepios al Rey Ammon” (XV), el cual puede estar constituido por tres fragmentos de trabajos más extensos.
La Naturaleza del Conocimiento de lo Divino
En el centro de la tradición Hermética se encuentra la necesidad de un cierto tipo de conocimiento: la gnosis, o el conocimiento de la Divinidad. Esto es algo completamente diferente de los tipos formales de conocimiento, lo cual nos separa y distancia de lo que nosotros creemos que sabemos. Aún así, según las enseñanzas Herméticas, este conocimiento no es “bonus” o “algo extra” en el que nosotros podemos colocar nuestras mentes si lo queremos.[2]
Así, el maestro Hermes explica a Tat, su discípulo, que la verdadera Mente que algunos hombres comparten no es un regalo de allá arriba, sino un premio, una altura que el alma debe conquistar.
“ Tat – ¿Por qué entonces, padre, Dios no ha dado participación en el Intelecto a todos?
Hermes – Es porque ha querido, hijo mío, que el Intelecto fuera presentado a las almas como un premio que ellas tuvieran que ganar.”[4]
Este conocimiento tiene que ver con el centro de nuestra existencia y es por eso que es intensamente íntimo. También es por esta razón que el proceso de descubrirlo es tan tremendamente perturbador, porque nos obliga a confrontar el corazón silencioso de nuestro ser. Este conocimiento no puede jamás definirse con términos del conocimiento formal.
Los Filósofos Herméticos son los Buscadores de la Divina Verdad-Gnosis. La curiosidad espiritual Hermética anima a la apertura y tolerancia de las formas y senderos espirituales de otros. Esta curiosidad puede satisfacerse parcialmente por medio de los libros. El Hermetismo sostiene que como buscador uno puede beneficiarse a través de las experiencias e ideas registradas por otros, así como también por la mediación de un maestro vivo. Pero no es suficiente leer simplemente acerca de lo espiritual; ganaremos poco sin una experiencia personal genuina.
El verdadero conocimiento, el conocimiento divino, presupone tener un correcto intelecto, la Mente Hermética. Esta forma de percepción no necesita de muchas horas en un biblioteca o pasar el tiempo leyendo textos filosóficos. El intelecto racional no es el medio supremo de cognición. El medio supremo es la apreciación directa y de primera mano acerca de lo sagrado, el conocimiento directo del absoluto. Con el objetivo de abrir los ojos de nuestra mente a lo invisible, uno debe ser capaz de verse a sí mismo. Por lo tanto, el conocimiento de la Divinidad se gana a través de la auto-observación.
“Aquel que se conoce a sí mismo, conoce el Todo”, dice el legendario Hermes Trismegisto. “Conócete a ti mismo”, es también la máxima sobre una de las puertas de entrada de un templo griego en Delfos.
Es exactamente la misma recomendación de Hermes cuando dice:
“Y aquél que se ha reconocido a sí mismo ha llegado al bien más preciado entre todos”[4].
La Creación del Mundo
El primer tratado se titula Poimandrés[5]. Este libro relata una visión donde una vez, mientras el orador se preguntaba sobre los Principios Primeros, cae en un extraño sueño y es dirigido por un Ser de vasta e ilimitada magnitud, Poimandrés. La revelación de Poimandrés comienza con la creación del Mundo (cosmos) dentro de la Mente Primera, el Padre. Es un relato sobre la Creación, el cual muestra mucha similitud con la mayoría de las historias de la creación como las que se encuentran en el Génesis, Enuma Elish, la Teogonía de Hesíodo y las Stanzas de Dzyan.
De acuerdo con esto, al principio la Luz aparece en los planos superiores mientras que la oscuridad se da en los inferiores, la cual toma una forma líquida. Luego, de la Luz emerge el Logos. Sobre la naturaleza líquida aparecen los elementos superiores: fuego y aire. Agua y Tierra todavía están fusionados en la materia primordial, siendo ésta motivada por el Logos. Poimandrés clarifica que la Luz es la Mente (Noûs), esto quiere decir, el Padre, y el Logos es su Hijo.
Siguiendo a la Luz se organiza el Mundo en fuerzas incontables. Las diferencias de la Luz forman el Fuego y ambos toman una posición fija e inmutable. El mundo de las fuerzas luminosas es ideal, el arquetipo del mundo sensible. El mundo sensible fue creado cuando la Voluntad de Dios dividió los planos inferiores. La misión del mundo sensible inferior es imitar al mundo arquetípico.
Con relación a la creación del Hombre, Poimandrés nos dice:
“Ahora bien, el Noûs, Padre de todos los seres, siendo vida y luz, produjo un Hombre parecido a él, del que se prendó como de su propio hijo. Pues el Hombre era muy hermoso, reproducía la imagen de su Padre: porque verdaderamente es de su propia forma que Dios se enamoró, y le entregó todas sus obras.”
Poimandrés continúa:
“Cuando ésta (Naturaleza) hubo visto que él tenía en sí mismo la forma de Dios junto con la belleza inagotable y toda la energía de los Regentes, sonrió de amor: porque había visto reflejarse en el Agua el semblante de esta forma maravillosamente bella del Hombre, y a su sombra sobre la Tierra. En tanto que él, habiendo percibido esta forma semejante a él presente en la Naturaleza, reflejada en el Agua, la amó y quiso habitar allí. Desde el mismo momento que lo quiso lo cumplió, y habitó la forma sin razón. Entonces la Naturaleza, habiendo recibido en ella a su amado, lo abraza completamente, y ellos se unen pues arden de deseo.”
De esta forma, tenemos la caída del hombre desde el momento que la Naturaleza lo abraza (encierra). De esto resulta la doble naturaleza del hombre: mortal en su cuerpo e inmortal en su esencia profunda.
El Camino a la Luz – El Renacimiento del Hombre – la Salvación a través de la Gnosis
Otro tema básico mencionado con frecuencia en los textos Herméticos es el camino hacia la Luz o el Renacimiento del Hombre. Los textos Herméticos consideran que la Humanidad se encuentra en un viaje espiritual de retorno a su estado de unidad con la Divinidad; este es el propósito fundamental de la Humanidad.
La idea de que la humanidad ha caído de su estado previo, en el cual estaba más unido a la Divinidad, es común en muchas religiones y filosofías. Este concepto se puede encontrar entre otras filosofías tales como la egipcia, griega o hebrea.
De acuerdo a los textos Herméticos, el primer hombre, el que todavía posee una naturaleza divina, cae como el bíblico Adán: ve su propia imagen reflejada en el agua y quiere vivir en la tierra, en el mundo material, pero al hacer esto pierde parte de su naturaleza superior y se vuelve mortal[6]. Pero no se pierde la posibilidad de regresar a la Divinidad, a condición de que el hombre no se vuelva esclavo de las pasiones del cuerpo y de las tentaciones de los sentidos, los cuales lo llevan a un estado de olvido y sueño. Al final, el sendero Hermético puede conducir a través del conocimiento del cosmos y auto-conocimiento, al conocimiento intuitivo y a una experiencia personal de Dios.
Este “convertirse al Bien/Dios” es un consejo común en la Hermética:
“Pero primero debes rasgar de parte a parte la túnica que te cubre, el tejido de la ignorancia, el soporte de la malicia, la trama de la corrupción, la prisión tenebrosa, la muerte viviente, el cadáver sensible, la tumba que llevas a todas partes contigo, el ladrón que habita en tu casa, el compañero que por las cosas que ama te odia, y te odia porque tiene envidia de ti.”[7]
«Y todos los hombres pueden terminar el ciclo de las transmigraciones del alma y ser inmortales si se transforman a sí mismos en almas buenas.”[8]
Por lo tanto, la Filosofía Hermética no ve la caída de la Unidad como un castigo para la humanidad. En su lugar, es una lección necesaria para el crecimiento espiritual. Pero el viaje no está completo hasta que eventualmente regresemos a casa y nos unamos con la Divinidad una vez más para nuestra curación y regeneración.
El trabajo que cada humano es llamado a hacer, no es simplemente ganar de nuevo nuestro estado previo a la caída de la Unidad, sino lograr algo nuevo. Cuando regresemos a nuestras raíces divinas, no será simplemente al estado que una vez dejamos, será en una nueva y transformada Unidad con la Divinidad. Esta es la meta fundamental del sendero Hermético: Es encontrar la Piedra Filosofal, la Verdadera Sabiduría y la Perfecta Felicidad.
Este no es un viaje espiritual que rechaza todas las cosas materiales con el objetivo de lograr lo espiritual, la meta del Hermetismo es abrazar y equilibrar todas las cosas.
Hermes Trismegisto, nos dice:
“Crece hasta corresponder al tamaño sin medida, mediante un salto que te libere de todo cuerpo; elévate por encima de todo tiempo, conviértete en Eón: entonces comprenderás a Dios. Habiendo puesto en tu pensamiento que no hay nada imposible para ti, considérate inmortal y capaz de comprenderlo todo, todo arte, toda ciencia, el carácter de todo ser viviente. Asciende más alto que toda altura, desciende más bajo que toda profundidad. Reúne en ti mismo las sensaciones de todo lo creado, del fuego y del agua, de lo seco y de lo húmedo, considerando que estás a la vez en todas partes, sobre la tierra, en el mar, en el cielo, imagina que aún no has nacido, que estás en el vientre materno, que eres adolescente, viejo, que estás muerto, que estás más allá de la muerte. Si abarcas con el pensamiento todas esas cosas a la vez, tiempos, lugares, substancias, cualidades, cantidades, puedes comprender a Dios.”[9]
La Relación entre Maestro y Discípulo
El corazón de la tradición Hermética fue la relación entre el maestro y el discípulo. Tal como lo menciona Peter Kingsley[10]: “Los textos Herméticos frecuentemente dan indicaciones importantes acerca del proceso de enseñanza: sobre las responsabilidades del maestro y las responsabilidades del discípulo. La indicación muestra que la relación con el maestro era muy diferente de una relación con alguna figura de autoridad de todo-conocimiento.”
Solamente uno de estos textos se encontró en 1940, en el sur de Egipto, entre los textos gnósticos descubiertos cerca de Nag Hammadi[11], y menciona:
“Mi hijo, lo apropiado es orar a Dios con toda tu mente y todo tu corazón y toda tu alma, y pedirle que el don del octavo se extienda a nosotros, y que cada uno reciba de él lo que le corresponde. Entonces, tu parte es comprender; mi parte es ser capaz de transmitir el discurso de la fuente que fluye en mí.”
En otras palabras, no solamente se trata de que el discípulo obtenga la verdad de lo que se le dice. El maestro también necesita obtener algo y seguir obteniéndolo. No tiene un conocimiento fijo, sino que necesita descubrirlo en forma fresca a cada momento. La tarea del discípulo es aprender a compartir este proceso, a desarrollar la misma toma de conciencia.
El rol del maestro es ayudar al discípulo a tomar velocidad. Pero hasta que esto se haya hecho, el discípulo no es capaz de comprender lo que el maestro es. Es por eso que el maestro con frecuencia habla por medio de acertijos y enigmas. Tal como nos lo dice el libro Kore Kosmou:[3]
“Pues bien, hijo mío, Horus maravilloso, no es en un ser de raza mortal donde ello hubiera podido producirse –de hecho ni siquiera existían aún–, sino en un alma que poseyera el lazo de simpatía con los misterios del cielo: he ahí lo que era Hermes, el Pensamiento Cósmico, quien todo conoció. Vio el conjunto de las cosas y, habiendo visto, comprendió; y, habiendo comprendido, tuvo el poder de revelar y enseñar. En efecto, las cosas que conoció las grabó y, habiéndolas grabado, las ocultó, prefiriendo, acerca de la mayoría de ellas, guardar firme silencio antes que hablar, a fin de que tuviera que buscarlas toda generación nacida después del mundo.”
Es por eso que el discípulo debe ser conducido casi a la locura para que pueda comenzar a verse a sí mismo tal como verdaderamente es:[12]
Así el maestro trata de explicar:“Ya no soy el de antes, pero he nacido en la Inteligencia. Esta experiencia no se puede enseñar ni ver con este elemento material con que vemos aquí: por eso ya no me preocupo por aquella forma compuesta que fue la mía: ya no tengo color, ni toco las cosas, ni percibo el espacio, soy un extraño a todo esto. Me estás viendo ahora con los ojos, hijo mío, pero por más que me estés mirando y me observes no te darás cuenta de lo que soy realmente. No es con esos ojos que se me ve ahora, hijo mío.”[13]
Dios está en el Hombre – La doble naturaleza del hombre
La naturaleza del hombre es doble: mortal en el cuerpo e inmortal en su esencia más profunda:
“Por eso es que, a diferencia de todos los demás seres vivos de la tierra, sólo el Hombre es doble: mortal por el cuerpo, inmortal por el Hombre esencial.”[14]
A pesar de que el hombre es inmortal y está sobre la Armonía, aún así ha caído en la mortalidad. La Creación es el producto más hermoso de Dios, su primer Hijo y su primera Imagen, y el hombre es su segundo. Incluso se llama al hombre un ornamento del cosmos. El tono dominante en los tratados es de optimismo, el cual se expresa en la frase de Asclepios, hecha famosa en el Renacimiento: ‘magnum miraculum est homo, animal adorandum et honorandum‘ (el hombre es un gran milagro, una criatura viviente digna de reverencia y adoración).
El Hombre es inmortal puesto que contiene los elementos, tal como nos lo dice Hermes:
“Por lo mismo, todo viviente es inmortal, y por encima de todos el Hombre, porque es capaz de recibir a Dios y porque es capaz de entrar en la realidad de Dios.”[15]
Lo que está de abajo es como lo que está arriba – La Naturaleza Revela lo Divino
Los textos Herméticos consideran que la Divinidad es tanto inmanente como trascendente. La Divinidad está dentro de todas las cosas en el Universo Manifestado (incluyéndonos a nosotros mismos), así como también más allá de ellas. Debido a esta interconexión entre lo de “arriba” y lo de “abajo”, lo que sucede en el nivel espiritual tiene sus consecuencias en lo material. A la inversa, lo que pasa en el nivel material puede tener consecuencias en el espiritual. Crear equilibrio entre todas estas cosas: materia y espíritu, cuerpo y alma, dentro y fuera, noche y día, en efecto, todas las polaridades, es el pivote del trabajo espiritual del Hermético. El Equilibrio es la llave del crecimiento.
Tal como lo dice Hermes Trismegisto en la Tabula Smaragdina[16]:
“Verdadero, sin falsedad, cierto y muy verdadero:
lo que está abajo es como lo que está arriba,
y lo que está arriba es como lo que está abajo,
para realizar el milagro de la Cosa Única.
Y así como todas las cosas provinieron del Uno, por mediación del Uno,
así todas las cosas nacieron de esta Única Cosa, por adaptación.”
Esta cita se refiere a la continuidad de cada forma, y puede resumirse en la triple parte:
Macrocosmos – Cosmos – Microcosmos
Dios – Cosmos – Hombre
Todas las formas de la materia tienen un origen común, una alma común, o esencia, la cual por sí sola es permanente; la forma exterior, o cuerpo, es meramente la morada temporal del alma imperecedera; las substancias se producen por medio de procesos evolutivos y son capaces de experimentar la transmutación.
La Influencia Hermética
Algunos de los más grandes filósofos, científicos y poetas que Occidente ha producido reconocen una deuda con la Hermética: Roger Bacon, Paracelsus, Thomas Moore, Kepler, Copernicus, Isaac Newton, Milton, Daniel Defoe, Percy Shelly y su esposa Mary, Victor Hugo y Carl Jung.
Dentro del círculo de cortesanos que rodeaban a la Reina Elizabeth I se encontraban Sir Philip Sidney, Sir Walter Raleigh, John Donne, Christopher Marlowe, William Shakespeare, George Chapman y Sir Francis Bacon. El astrólogo personal de Elizabeth fue el Hermetista John Dee.
Los místicos y filósofos islámicos también remontan su inspiración a los tiempos del Tres Veces Grande, Hermes, y la tradición esotérica de los Judíos lo comparaba con su misterioso profeta Enoc.
La influencia Hermética permanece fuerte entre los visionarios y científicos de la Época de la Ilustración (Siglo de la Luces). Sir Isaac Newton, por ejemplo, como muchos hombres de su tiempo, tenía un interés fervoroso por la alquimia, cuyo patrono era Hermes, El Tres Veces Grande. El astrónomo Thomas Kepler publicó citas de la Hermética en su obra más grande: «On the Harmony of the World» (Sobre la Armonía del Universo).
La Hermética es la piedra fundamental de la cultura occidental. En principio e importancia es igual a las bien conocidas escrituras orientales como los Upanishads, el Dhammapada y el Tao Te Ching, los cuales a diferencia de las obras de Hermes, están fácilmente disponibles y son leídas ampliamente. La Hermética trae a la vida la antigua sabiduría para nuestra época moderna, revelándonos su profunda importancia para nuestras vidas actuales.
(1) Garth Fowden, The Egyptian Hermes, pag. 33
[2] Peter Kingsley, “Knowing Beyond Knowing: The Heart of Hermetic Tradition”, pag. 1.
[3] Hermes Trimegistus – Poimandrés, Tratado IV, 3. Discurso de Hermes a Tat: La Cátedra o la Mónada.
[4] Hermes Trismegistus – Poimandrés, Tratado I. 19
[5] En la Hermética, desde el inicio del primer tratado se dice que Poimandrés es el “Divino Intelecto”, i.e. la “Mente” de Dios, quien imparte la divina sabiduría y conocimiento nada más que al mismo Hermes. Como lo muestra Fowden, él es lo mismo que el concepto griego de Noûs, el cual se traduce aproximadamente como la “Inteligencia Divina” o la “Inteligencia de la Suprema Autoridad”. En 1993 un importante adelanto en la etimología del mismo ‘Poimandrés’ vino del Instituto Warburg de la Universidad de Londres, actualmente el eje de los estudios Herméticos modernos [R. Bauval “Secret Chamber”. P.29]. En un artículo importante publicado en el Journal of the Warburg Institute, el erudito Peter Kingsley dispara una pesada andanada sobre el atrincherado punto de vista académico de que la Hermética era una mera fabricación de las ideologías griegas y neo-platónicas, y “que casi no existe algo de ella que pueda ser afirmado sin la duda de que su origen nativo es egipcio”. Después de recordarles a sus colegas que “ha existo una creciente toma de conciencia en los últimos treinta años sobre de la necesidad de acercarse al Corpus Hermeticum… al mirarlo contra su fondo egipcio”, Kingsley presenta una detallada disertación de 25 páginas que prueba, más allá de la duda, que el mismo Poimandrés no era solamente egipcio antiguo en origen, sino que también, a través de la apreciación completa de la etimología griega y egipcia, significaba ‘P-eime-neter-Re’, i.e. ‘El Conocimiento de Re’, el antiguo Sol-Dios y suprema manifestación de las fuerzas creadoras.
[6] Hermes Trismegistus – Poimandrés, Tratado I. 15
[7] Hermes Trismegistus – Que el mayor de los males entre los hombres, es la ignorancia acerca de Dios, Tratado VII. 2
[8] Hermes Trismegistus – La Llave, Tratado X. 2
[9] Hermes Trismegistus – Noûs a Hermes, Tratado XI. 20
[10] Peter Kingsley “Knowing Beyond Knowing: The Heart of Hermetic Tradition”, p.4
[11] Nag Hammadi, Códices – VI, El Discurso sobre el Octavo y el Noveno
[12] Hermes Trismegistus – Kore Kosmou, – El Universo, El Mundo I
[13] Peter Kingsley “Knowing Beyond Knowing: The Heart of Hermetic Tradition”, p.8
[14] Hermes Trismegistus – El Discurso Secreto en la Montaña, Tratado XIII. 3
[15] Hermes Trismegistus – Poimandrés, Tratado I. 15
[16] Hermes Trismegistus – Sobre la Inteligencia Común, Tratado XII. 19
[17] Hermes Trismegistus – Tabla Esmeralda
BIBLIOGRAFÍA
Nag Hammadi Códices, available at www.gnosis.org
Peter Kingsley “Knowing Beyond Knowing: The Heart of Hermetic Tradition”, AVATON Journal, Vol. 4, 2002, Thessaloniki
Garth Fowden, The Egyptian Hermes, Ed. Enalios 2002, Atenas
Hermes Trismegistus “The Hermetic Texts”, Ed. Paraskinio, 1990, Atenas
Robert Bauval, Secret Chamber, Century Eds., 1999, London